viernes, 24 de junio de 2011
El viejo león patriarca de la manada, como cada día salió al atardecer, a marcar con su orín las lindes de su territorio. A lo lejos sintió la presencia del jefe de la otra manada vecina. Percibió el olor de su rastro haciendo el mismo ritual que él. Aquella tarde, llevado por un impulso desconocido hasta entonces, cruzó sus líneas y se adentró en la zona de nadie, y se sentó hacia la caída del sol en lo alto de un cerro. Advirtió como el patriarca vecino se acercaba sentándose con discreción a prudente distancia.
Pasaron un rato en silencio, y por fin, el león vecino arrancó a hablar:
- Parece que los tiempos están cambiando, tu también lo habrás notado. Las cosas ya no son como cuando nos convertimos en los jefes de nuestros grupos. De hecho, nunca antes nos habríamos acercado y mucho menos nos habríamos puesto a charlar.
- Sabes que si cruzas la raya de mi territorio, saltaría sobre ti y uno de los dos pagaría con la vida tu atrevimiento.
- Por supuesto… por eso te has parado fuera de nuestras líneas. Tú también estas buscando algunas respuestas.
- He sido un buen jefe, he sido justo y generoso con mis leales y he tenido su agradecimiento y su aprecio… en cambio ahora todo está desquiciado, muchos no atienden a razones, me cuestionan, ya no confío en nadie, me muevo con recelo temiendo alguna revuelta en cualquier momento. Llevo un tiempo oyendo a lo lejos más allá de nuestros cerros, ruidos inquietantes de disputas en manadas lejanas.
- OH sí, me han contado cosas atroces. En varias manadas ha habido revueltas y destrozos, han usado la fuerza bruta con otros jefes intolerantes, y en ocasiones, ha sido todo el grupo el que se ha marchado abandonando al líder porque ya no admitían su autoridad dejándolo solo en un lugar baldío y sin gente.
- He sido el mejor luchador, el más fuerte y el más habil todos estos años y aún tengo cuerda para estar al mando mucho tiempo más. Ellos, los jóvenes lo saben, ¿por qué entonces se niegan a acatar mi voluntad?
- Porque es tu voluntad y no la suya. Y aún así te digo, si sigues siendo el jefe es porque como dices, has sido un jefe generoso y considerado y aún conservas el aprecio de tu grupo. Pero… nuestro tiempo terminará con nosotros. Antes, con el miedo se sujetaba la jerarquía de la manada. Ahora ya no quieren seguir con miedo y están descubriendo que cada joven tiene unas cualidades propias que quieren desarrollar. Nosotros, con nuestro orgullo de machos dominantes, hemos despreciado por sistema todas sus iniciativas. Ahora quieren seguir sus propios dictámenes, lo que siente cada uno por dentro…
- Pero en eso no hay orden, eso es la anarquía…
- Sí, es un terreno desconocido, y es posible que se equivoquen muchas veces porque nunca antes nadie se había adentrado tan lejos, pero créeme, tienes que ver su entusiasmo, su fuerza, las ganas que le ponen a sus “experimentos” y sobre todo, tienes que encontrar tu sitio en ese nuevo orden… porque lo que nos están gritando de todas las maneras posibles es, que ya no hacemos falta, no nosotros, sino la función que ejercíamos. Tendremos que adaptarnos porque ya no quieren que nadie dirija sus destinos.
- Y tú, tú que eres como yo, porque sabes todo esto, ¿Cómo te va a ti en tu manada?
- Te he visto todas las tardes como a mí, marcar tu sitio desafiante, altivo, y cuando y cuando me tocó el turno y también empezaron los líos en mi manada, un día vine hasta aquí confuso, y al verte, entendí que aquello que nos orgullecía tanto, era un modelo basado en el miedo. Miedo de todo, de perder nuestro rango, nuestros privilegios
El viejo león se levantó alterado y dijo vociferando
-no señor, mientes, todo eso es mentira, yo soy el patriarca, soy un luchador invicto, y hasta ahora me he batido contra cualquiera que lo haya querido intentar. ¡Yo no conozco el miedo…!
Se levantó malhumorado y se fue. Deambuló sin rumbo, en el estómago tenía una bola que le atenazaba y le llenaba de rabia. ¿Contra qué? ¿Por qué todo se vuelve en mi contra? Lucharé contra todos, aún me quedan fuerzas y luego me destronarán cayendo dignamente en combate. Y nadie me va a decir como tengo que llevar a mi gente…
Se hizo de noche, sonidos oscuros alertaban de peligros ignotos, toda la noche parecía que le miraba acechante, desafiante, sin rostro, desde mil ángulos. Las palabras del otro león le punzaban y oprimían la cabeza. Entonces, de repente, salió corriendo, llegó hasta un alto y rugió, rugió y vomitó y vio como el miedo que llevaba dentro se escapaba por su boca. Se dio cuenta de que su mundo si estaba basado en el temor y todo lo que había hecho tenía al miedo como fundamento. Liberado y ligero, caminó al trote hasta su aldea, alrededor de una fogata parecía haberse organizado una fiesta. Los asistentes cantaban, rugían, bailaban, reían, sí, reían. Al verlos, comprendió a esos jóvenes muchachos, llenos de inquietudes que él con su desánimo había intentado coartar una y otra vez.
Esta vez entró como uno más, sin interrumpir la fiesta, saludó, sonrió y los demás vieron en su rostro que había desaparecido la desaprobación, el orgullo que había intentado inculcar a todos los suyos, para que el status continuara sin moverse generación tras generación. Si señor, nuevos tiempos, aquí está mi sitio, como uno más, haciendo bien lo que se hacer y para lo que sirva y pueda ayudar. Dejando ser a cada uno tal como quiera ser.
Frotándose los bigotes pensó: esto va a ser mucho más interesante y divertido a partir de ahora.
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